Dos cabezas de plata miran desde una hornacina de la iglesia del Santísimo Cristo. Los bustos relicarios fueron labrados en Burgos en el siglo XVI para contener los cráneos atribuidos a Emeterio y Celedonio. Son la forma visible de una historia que también quedó grabada en piedras, sellos, escudos y en el propio nombre de Santander. 1
La versión más conocida añade un viaje imposible: las cabezas habrían recorrido los ríos Cidacos y Ebro, bordeado la península sobre una barca de piedra y atravesado la roca de la Horadada antes de llegar a Somorrostro. Sin embargo, las imágenes más antiguas estudiadas cuentan otra cosa. Su embarcación no era de piedra. Era una cesta de mimbre.
Un culto nacido en Calahorra
La parte más antigua de la historia no comienza en la bahía. A comienzos del siglo V, el poeta Prudencio situó en Calahorra el culto y las tumbas de Emeterio y Celedonio. Ese testimonio acredita una devoción antigua, pero no permite reconstruir con detalle sus vidas ni seguir después cada fragmento atribuido a sus cuerpos. 2
Joaquín González Echegaray propuso que algunos devotos extrajeron reliquias de la tumba durante la conquista musulmana y llevaron al norte los restos considerados más valiosos. En su hipótesis, los cráneos habrían llegado al antiguo enclave portuario de Santander y se habrían ocultado en una cámara de las termas romanas sobre la que crecieron sucesivos edificios religiosos. 3
El propio investigador marcó los límites de esa reconstrucción. La mención más temprana, atribuida al reinado de Ordoño I en el siglo IX, está contenida en un documento interpolado. Puede conservar información antigua, pero no ofrece una fecha segura. En cambio, durante los siglos XI y XII ya aparecen referencias firmes al monasterio y después a la abadía de San Emeterio. 3
El poblado sometido al abad recibió fuero en 1187. González Echegaray recoge la forma Villa Sancti Emetherii y su evolución romance hacia Sant Emter y Santander. Esta es la explicación documental más extendida del nombre de la ciudad: no procede de los dos santos por igual, sino de la advocación a San Emeterio alrededor de la cual se organizó el núcleo medieval. 3
La cesta que quedó en la piedra
José Luis Casado Soto reunió las representaciones conservadas o documentadas dentro de la antigua abadía y colegiata. Encontró dos fórmulas: las dos cabezas aisladas y la llegada de las cabezas dentro de una cesta de mimbre. Ninguna de esas imágenes antiguas necesita una nave de piedra. 4
La posible alusión más temprana es una talla reutilizada como ménsula en el claustro. Muestra una gran cabeza cuyo cuello descansa sobre una cesta. Casado Soto la relacionó con una construcción románica anterior y propuso una datación posible en el siglo XII. La cautela importa: la pieza está fuera de su posición original y su fecha no es absoluta. 4
Los sellos medievales confirman que las cabezas ya identificaban a la institución. Un traslado de las constituciones fechado en 1307 describe el sello usado por el abad Jofré de Loaysa en 1285: bajo un tabernáculo aparecían dos cabezas. En 1506, otro documento decía expresamente que las cabezas de los mártires estaban en la iglesia. 3 5
La cesta reapareció durante siglos. Se labró en el relieve de un retablo entregado a mediados del siglo XVI, bajo escudos del abad Pedro Manso de Zúñiga en el siglo XVII y en la desaparecida Puerta de los Mártires de 1698. La fuente fecha el pie de la figura en 1555 y sitúa la entrega de la obra en 1557; aquí no se fuerza una resolución. A través de esas imágenes, cada generación heredaba una misma idea: dos cabezas habían llegado por agua y pertenecían a aquel lugar. 4
El nombre de Peña oradada ya estaba documentado en 1726
En 1726, Jorge Próspero de Verboom dibujó las defensas y accidentes de la bahía. Junto a La Magdalena rotuló una Peña oradada . El mapa demuestra que el nombre de la roca ya se usaba, pero no explica quién o qué habría abierto el agujero. 6
Casado Soto consideró la barca de piedra una variante más moderna que la cesta. No localizó ninguna representación de esa nave y, como testimonios literarios, señaló Costas y montañas de Amós de Escalante, publicado en 1871; Sotileza , de José María de Pereda, de 1881; y Errores vulgares , de José Fresnedo de la Calzada, de 1923. 4
Eso no permite afirmar que la historia naciera en 1871. Una leyenda puede circular oralmente antes de llegar a la imprenta. Sí obliga a evitar un salto frecuente: contar la barca, el choque con la Horadada y el pozo luminoso de Somorrostro como si fueran ya un relato comprobado en la Antigüedad o en los primeros siglos medievales.
La dirección de la influencia tampoco está demostrada. La abertura natural pudo producir el nombre y atraer después el relato; la tradición pudo reinterpretar una forma conocida; o ambas cosas pudieron reforzarse durante generaciones. El plano de 1726 deja constancia de la roca. No resuelve la leyenda.
De sello religioso a escudo civil
Las cabezas se convirtieron primero en emblema de la abadía. Después de que Santander fuera elevada a ciudad en 1755, el símbolo religioso pasó al escudo urbano, colocado sobre la nave que rompe las cadenas de Sevilla. El primer testimonio físico localizado por Casado Soto es un sello de placa de 1773. 7
El emblema amplió después su territorio. La Provincia de Santander empleó el escudo de la capital durante el siglo XIX. En 1984, la nueva Comunidad Autónoma de Cantabria incorporó en su escudo la parte superior del emblema santanderino, incluidas las dos cabezas aureoladas. 7
La secuencia permite ver algo que el relato milagroso oculta. Las cabezas no entraron de una sola vez en la identidad de la ciudad. Pasaron del altar y la tumba atribuida a la piedra, del sello del abad al escudo municipal y, finalmente, al símbolo autonómico.
Los documentos de Calahorra complican el viaje
La investigación publicada desde Calahorra introduce una objeción necesaria. Ramón Barenas Alonso reunió fuentes de los siglos X y XI que situaban los cuerpos de los mártires en aquella ciudad. El calendario de Córdoba de 961 decía que sus sepulcros estaban en Calagurri. Un testimonio de 1045 mantenía allí los cuerpos y en 1132 se celebró en la catedral calagurritana su traslado desde un altar hasta otro nuevo. 8
Barenas considera que, si salieron reliquias hacia Santander, Leyre, Cardona u otros centros, pudieron ser fragmentos pequeños o reliquias de contacto: tierra, tejido u objetos vinculados con la tumba. También señala que no se conserva documentación oficial de una salida de los cuerpos completos durante la ocupación musulmana ni de una devolución posterior. 8
Esta contraevidencia no borra la historia santanderina. En la Edad Media existían en Santander un culto, unas cabezas atribuidas a los mártires y una iconografía propia. Lo que impide es identificar sin más tradición, atribución religiosa e identidad material.
La fotografía de los relicarios expresa bien ese límite. Documenta cómo se muestran hoy los dos bustos y ayuda a reconocer el motivo que terminó en el escudo. No puede decir quiénes son los restos guardados en su interior.
Una leyenda que cambió sin perder sus cabezas
La cesta, la barca y la Horadada no son versiones intercambiables de una historia inmóvil. Pertenecen a capas distintas. Las fuentes medievales y la iconografía sostienen el culto a las cabezas y su valor como emblema. La barca pétrea añade después una explicación marítima más espectacular, capaz de unir Calahorra, la entrada de la bahía y el cerro de Somorrostro en un solo viaje.
Queda abierta la pregunta material: qué se trasladó, cuándo y desde dónde. En cambio, no hay duda sobre la huella histórica del culto. Dio nombre al núcleo medieval según la explicación más aceptada, ocupó sus sellos y acabó mirando desde el escudo. Santander no necesita que la barca haya navegado para reconocer cuánto debe a aquella historia.
Notas
-
Casado Soto, «Iconografía de los mártires Emeterio y Celedonio», pp. 150-151 y figura III.5; González Echegaray, «El culto a los santos Emeterio y Celedonio en Santander», pp. 276-277. ↩
-
Barenas Alonso, Calahorra cristiana, pp. 42, 58 y 64-66. ↩
-
González Echegaray, «El culto a los santos Emeterio y Celedonio en Santander», pp. 271-275. ↩ ↩2 ↩3 ↩4
-
Casado Soto, «Iconografía de los mártires Emeterio y Celedonio», pp. 147-148 y nota 6. ↩ ↩2 ↩3 ↩4
-
Casado Soto, «Iconografía de los mártires Emeterio y Celedonio», pp. 148-150; González Echegaray, «El culto a los santos Emeterio y Celedonio en Santander», p. 273. ↩
-
Jorge Próspero de Verboom, Mapa de la Villa de Santander y parte de sus contornos, 1726, detalle de La Magdalena, la Peña oradada y la Peña de los Ratones. ↩
-
Casado Soto, «Iconografía de los mártires Emeterio y Celedonio», pp. 152-153 y figura III.12, pp. 157-158. ↩ ↩2
-
Barenas Alonso, Calahorra cristiana, pp. 69-71 y notas 218-221. ↩ ↩2