Al borde sur de La Magdalena hay una caseta de piedra con una puerta metálica y el mar casi a los pies. Su tarea era convertir el movimiento continuo de la bahía en una cifra que pudiera viajar hasta un mapa.

En julio de 1876 comenzó a funcionar allí un mareógrafo Adie del Instituto Geográfico. En julio de 2026 se cumplieron 150 años de aquellas primeras observaciones documentadas. 1 El aniversario no pertenece a una máquina que haya trabajado sin descanso durante siglo y medio. Entre el dato antiguo y el actual hubo traslados, huecos, instrumentos distintos y varios ceros de referencia.

La pregunta está en esas costuras: ¿cómo se compara el mar de 1876 con el de ahora cuando han cambiado casi todas las cosas que lo miden?

Un flotador que dibujaba alturas

El primer aparato trabajaba con un principio sencillo. El agua entraba en un pozo comunicado con la bahía; el conducto amortiguaba las olas más rápidas y un flotador seguía las subidas y bajadas. Ese movimiento llegaba a un mecanismo registrador. En el Adie de Santander, un integrador mecánico permitía obtener medias diarias. 2

El instrumento no medía «cuánto mar había» en términos absolutos. Medía la altura de la superficie respecto a una señal local. Esa segunda parte es tan importante como el flotador: sin un punto estable en tierra, una serie de alturas no sabe desde dónde empieza.

El Adie permaneció en La Magdalena hasta 1914 según la reconstrucción científica publicada en 2021. Una ficha patrimonial cuenta otra secuencia instrumental a partir de 1896, pero no aporta un documento primario que resuelva la contradicción. Por eso este relato conserva el itinerario respaldado por los cuadernos y las nivelaciones estudiadas y deja fuera la versión discutida. 3

Después aparece el primer gran hueco. La tabla instrumental no registra observaciones entre 1915 y 1919 y no explica la causa. En 1920, el mismo Adie volvió a medir en Puertochico, ya referido a otra señal local. Allí funcionó junto a un mareógrafo Mier. Un tercer aparato, Iglesias, tomó datos entre 1925 y 1928. 2

La fuente documenta que Adie y Mier coincidieron, pero no qué comparación se hizo entonces entre ellos. Ese solape ofrece, al menos en principio, la posibilidad de estudiar sus diferencias. Sustituir un medidor sin un periodo común es como cambiar de reloj sin comprobar antes si ambos marcan la misma hora.

El clavo que enlaza la medida con tierra

Después aparece un segundo hueco: la serie histórica recuperada termina en diciembre de 1928 y el registro siguiente comienza en 1943. Las fuentes reunidas no permiten explicar aquí qué ocurrió entre ambos momentos.

En 1943, el Instituto Español de Oceanografía inició un nuevo registro horario en el pozo de Molnedo, junto a la entrada de Puertochico y frente a Náutica. La ficha internacional Santander I reúne el tramo de 1943 a 2018 con un 97 % de completitud. 4 Es una cobertura notable, pero tampoco significa que todos los años y todas las horas formen una línea perfecta.

Dentro de la caseta moderna hay una pieza mucho menos vistosa que los sensores: NGU-84, una señal metálica enlazada con la red de nivelación. Puede imaginarse como un clavo cuya altura se conoce respecto al territorio. Las nivelaciones históricas permitieron expresar también las antiguas señales de La Magdalena y Puertochico respecto a ese punto, cada una con su margen de incertidumbre. 5

Así se construye la continuidad. El flotador de 1876 no necesita sobrevivir para que sus datos sean comparables; necesita dejar una relación documentada con la tierra. Cada traslado exige saber cómo se enlazan la referencia vieja y la nueva. Las nivelaciones repetidas permiten comprobar si ha cambiado la relación entre unas señales y otras.

El propio terreno puede subir o bajar. Por eso una tendencia observada por un mareógrafo es, en primer lugar, un cambio relativo entre el mar y la costa. Separar cuánto corresponde al océano y cuánto al movimiento vertical de la tierra requiere otras observaciones.

Un mar, varios ceros

La tabla de mareas, la altitud de una calle, el calado de un barco y la cota de una obra portuaria pueden usar referencias distintas. El cero geodésico sirve a las alturas terrestres. El cero hidrográfico ayuda a representar sondas y mareas de forma segura en las cartas náuticas. El puerto y la red REDMAR manejan además sus propias referencias operativas. 6

Ninguna es por sí misma «la verdadera». Responden a preguntas diferentes. El problema aparece al copiar una altura sin decir a qué cero está referida.

La documentación de Puertos del Estado lo vuelve visible. En su tabla de octubre de 2018, las referencias de Santander ocupan cotas distintas respecto a NGU-84. Incluso el cero hidrográfico figura con valores separados para 2008 y 2013 porque fue recalculado. El mar no dio un salto de dos centímetros entre ambas determinaciones: cambió el cálculo de la referencia. 6

Una cifra de nivel necesita, por tanto, apellido y fecha. Sin ellos, dos datos perfectamente correctos pueden parecer contradictorios.

Dos tecnologías frente a la misma marea

En 1992, Puertos del Estado instaló en Santander un sensor acústico de la red REDMAR. El aparato calculaba la distancia al agua mediante pulsos de sonido. Años después comenzó la sustitución por un radar, capaz de medir sin depender del mismo recorrido acústico a través del aire.

El relevo no se resolvió retirando uno por la mañana y colocando otro por la tarde. Entre el 6 de febrero de 2008 y el 17 de marzo de 2009, el sensor acústico y el radar compartieron emplazamiento. La tabla del estudio reúne 397 días comparables dentro de ese intervalo, menos que los días naturales transcurridos. 7

La comparación encontró diferencias sistemáticas, entre ellas un problema de escala asociado al sensor antiguo. Puertos del Estado revisó después aquella serie antes de integrarla con la del radar. El episodio enseña algo contraintuitivo: detectar que un instrumento no coincide exactamente con otro no destruye una serie. Si el solape está bien documentado, permite entenderla y corregirla.

La ficha Santander III del servicio internacional PSMSL llega de 1992 a 2025 y fue actualizada en julio de 2026. 8 Eso describe el conjunto de datos disponible, no garantiza cuál es el sensor físico activo cada día ni autoriza a prolongar la gráfica con observaciones de 2026 que aún no figuran allí.

Cuando los cuadernos volvieron a medir

Buena parte de la historia anterior a 1929 sobrevivía en cuadernos manuscritos del Instituto Geográfico. Recuperarlos no consistió solo en teclear columnas. Los datos se digitalizaron, se controlaron y se publicaron en 2020 con licencia abierta, junto con la información necesaria para interpretarlos. 9

Ese rescate también reveló problemas que no podían arreglarse honestamente. Los investigadores compararon Santander con Brest, una serie vecina de la fachada atlántica. Encontraron tres periodos —1883-1886, 1890-1898 y 1900-1908— con desplazamientos sospechosos de la referencia vertical. Los investigadores no localizaron en los archivos del IGN metadatos suficientes para decidir la corrección adecuada, así que señalaron esos periodos y los dejaron visibles. 10

La ausencia de arreglo es aquí un resultado científico. Modificar esos años para que la gráfica pareciera más limpia habría ocultado lo que realmente sabemos.

El estudio enlazó la serie histórica con el registro moderno del IEO, convirtió el conjunto de 1876-2018 en valores mensuales, eliminó el ciclo estacional y calculó una tendencia lineal de 1,49 milímetros al año, con una incertidumbre estadística de 0,05. 10 No es «la velocidad actual del mar en Santander» ni una predicción. Resume aquel periodo y aquel tratamiento. La misma publicación advierte que los saltos de referencia obligan a ser cautos al usar la serie en escalas de muchas décadas.

La continuidad es un trabajo

La caseta de La Magdalena parece el principio material de esta historia, pero no guarda por sí sola 150 años de mar. La continuidad está repartida entre pozos, flotadores, sifones, sonidos, radares, clavos de nivelación, cuadernos y personas que compararon cada cambio con el anterior.

Gracias a ese trabajo, Santander conserva una observación excepcionalmente larga. Su valor no procede de fingir que es homogénea. Procede de saber dónde se interrumpe, qué cero usa, qué instrumento midió y qué incertidumbre viaja con cada cifra.

Mirar un mareógrafo enseña algo que sirve más allá de la marea: medir bien no consiste en producir un número sin costuras, sino en conservar la historia que permite confiar en él.

Notas

  1. Marta Marcos et al., «Historical tide gauge sea-level observations in Alicante and Santander (Spain) since the 19th century», Geoscience Data Journal, 8 (2021), p. 149 y tabla 2. Las fuentes locales sitúan la caseta entre 1874 y 1876; el texto fecha únicamente el inicio instrumental documentado.

  2. Marcos et al., 2021, pp. 149-150 y tabla 2; Marcos Moreno et al., dataset Historical sea level observations from Santander, Spain (1876-1928), BODC, 2020. 2

  3. La Red de Patrimonio Industrial de Cantabria atribuye un Mier a La Magdalena desde 1896; contradice la tabla instrumental de Marcos et al. y queda pendiente de una fuente primaria.

  4. Centro Oceanográfico de Santander, «Sistemas de Observación Oceánica»; PSMSL, Santander I, estación 485. La ficha fue actualizada por última vez en 2019 y no demuestra continuidad posterior a 2018.

  5. Marcos et al., 2021, p. 150. Las antiguas señales quedaron situadas respecto a NGU-84 con incertidumbres de milímetros; esas cotas no son diferencias directas del nivel medio del mar.

  6. Puertos del Estado, Niveles de referencia de nivel del mar, pp. 1-3 y tabla 1, p. 7, actualización de octubre de 2018. 2

  7. Begoña Pérez et al., «Overlapping sea level time series measured using different technologies», Natural Hazards and Earth System Sciences, 14 (2014), p. 596 y pp. 601-603.

  8. PSMSL, Santander III, estación 1807, consulta del 11 de agosto de 2026.

  9. Marcos Moreno et al., BODC, 2020; Marcos et al., 2021, pp. 145-146.

  10. Marcos et al., 2021, pp. 151-152 y fig. 5. Brest funciona como serie de control regional, no como duplicado de Santander. 2