Durante varias semanas de verano, una plaza administrativa del centro dejaba de funcionar como siempre. Llegaban estructuras, escenario y toldos; después, al caer la noche, la arquitectura reconstruida tras el incendio se convertía en teatro. El Festival Internacional de Santander no solo trajo intérpretes: cambió temporalmente el uso de la Porticada.
Una plaza nueva sobre la ciudad incendiada
La Plaza de Velarde, conocida como Porticada, nació durante la reconstrucción posterior al incendio de 1941. Su aspecto regular y sus soportales pertenecen a esa nueva ordenación del centro. En 1952 acogió por primera vez el Festival Internacional de Música y Danza de Santander, impulsado, según la síntesis municipal, por Ataúlfo Argenta y José Manuel Riancho, primer director del Festival.
La fecha no apareció de la nada. Un estudio de Benito Madariaga documenta un precedente en 1933, cuando la Comisión Municipal de Festejos y la Universidad Internacional proyectaron teatro, zarzuela, conciertos, recitales y exposiciones para el verano. No todo llegó a celebrarse, por lo que ese programa debe entenderse como antecedente, no como primera edición del Festival de 1952.
Construir un teatro que después desaparecía
La instalación de la Porticada era temporal, desmontable y estaba cubierta con toldos para protegerla de la lluvia. La plaza no fue un simple fondo monumental: había que adaptar un espacio abierto, controlar accesos, disponer localidades y hacer compatible la representación con los sonidos de una ciudad que seguía alrededor.
Esa transformación formaba parte de la experiencia. El público no acudía a un edificio dedicado permanentemente a las artes escénicas, sino a un lugar conocido que durante el verano cambiaba de función. Al terminar la temporada, el teatro se retiraba y la plaza volvía a sus recorridos ordinarios.
Cultura internacional y acceso popular
El estudio de 2001 sostiene que la Porticada reunió público de distintas clases sociales mediante precios populares y acogió ballet, ópera, teatro y grandes conciertos. Es una afirmación importante, pero no equivale a disponer de series de precios, aforos o composición social para todas las ediciones. Las futuras investigaciones deberán acudir a programas, taquillas y prensa de cada año.
Entre los hitos documentados figura el ciclo de sinfonías de Beethoven dirigido por Ataúlfo Argenta en 1953, recordado después en una inscripción de la propia plaza. Ese recuerdo material muestra cómo una actuación entró en la memoria oficial del lugar, aunque no autoriza a reconstruir la emoción de cada espectador.
De la Porticada al Palacio
Las temporadas en la plaza se prolongaron desde 1952 hasta 1990. Después, el Festival pasó al Palacio de Festivales, un edificio diseñado para la programación escénica estable. El traslado resolvió necesidades técnicas y cambió la relación con la ciudad: ya no era una plaza que se transformaba, sino un equipamiento al que se acudía.
La fotografía actual de cabecera no contiene toldos, escenario ni público. Precisamente por eso obliga a mirar con cuidado: el Festival fue una ocupación temporal de este espacio, no una cualidad permanente de su arquitectura. Las fotografías históricas de actuaciones conservadas por archivos y medios pueden consultarse como fuentes, pero no se reproducen sin licencia individual o permiso.
Lo singular de aquellas noches no fue solo la calidad del programa. Fue la capacidad de una plaza para dejar de ser tránsito y convertirse, durante unas horas, en un lugar donde la ciudad se sentaba junta a mirar y escuchar.