En el verano de 1933, las Caballerizas de La Magdalena dejaron de ser solo una dependencia del antiguo sitio real. Allí durmieron estudiantes, se impartieron cursos y, durante tres noches, una compañía universitaria levantó un escenario en el patio. La escena resume un cambio político y cultural: un espacio asociado a la monarquía pasaba a alojar una universidad internacional creada por la República.

Una universidad para convivir y estudiar

El decreto publicado en la Gaceta de Madrid el 24 de agosto de 1932 creó la Universidad Internacional de Verano en Santander . El proyecto no se limitaba a reunir conferencias: buscaba favorecer la convivencia de profesorado y alumnado de distintos países y organizar enseñanzas abiertas al intercambio intelectual.

Los cursos comenzaron en 1933 bajo el rectorado de Ramón Menéndez Pidal y con Pedro Salinas como secretario general. La propia UIMP recuerda una actividad académica y cultural en la que participaron figuras españolas y extranjeras. La lista de nombres ilustres explica la ambición del proyecto, pero no debe ocultar su dimensión cotidiana: estudiar, alojarse y conversar en un campus estacional compartido.

El teatro entró en el campus

La Barraca había nacido como compañía universitaria ambulante. En la inauguración de los cursos de 1933, su camioneta llegó a La Magdalena y el grupo representó durante tres noches obras de Cervantes, Lorca y Calderón en un escenario instalado en el patio de Caballerizas. Según la reconstrucción institucional de la UIMP, las funciones se repitieron en los veranos de 1934 y 1935.

La relación no fue una coincidencia de calendario. Pedro Salinas había impulsado entre estudiantes madrileños la práctica del teatro y tanto la universidad de verano como La Barraca formaban parte de las políticas culturales y educativas promovidas durante la Segunda República. En Santander, enseñanza superior y representación escénica compartieron recinto y público universitario.

Una fotografía que no prueba el lugar

La imagen de cabecera muestra a integrantes de La Barraca en 1933. Es contemporánea de las primeras funciones en La Magdalena, pero la ficha del Museo Reina Sofía no identifica dónde se tomó. Por eso ilustra a la compañía y no se presenta como fotografía de una actuación santanderina. El patio, el escenario y el público de aquellas noches requieren otras fuentes visuales con procedencia individual comprobada.

Una historia interrumpida

La Guerra Civil interrumpió los cursos y puso fin al recorrido de La Barraca. La institución universitaria reanudó su actividad en 1947 con el nombre de Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Hablar de continuidad exige reconocer también la ruptura: cambiaron el régimen político, el nombre y las condiciones culturales del país.

Las Caballerizas conservan hoy una placa que recuerda las representaciones. Pero su significado histórico no está únicamente en la conmemoración. Durante tres veranos fueron residencia, aula y teatro: un lugar donde aprender no consistía solo en escuchar una lección, sino también en ver a otros estudiantes convertir los clásicos en una experiencia presente.