La parte más importante del saneamiento no aparece en la fotografía. Está bajo calles, rías y terrenos industriales: colectores que reúnen aguas residuales, estaciones que las impulsan cuando la gravedad no basta, tanques que amortiguan episodios de lluvia y plantas que depuran antes de devolver el agua al medio.

La bahía recibió durante décadas vertidos urbanos sin el tratamiento necesario. Cuando comenzaron las obras del saneamiento integral en 1997, una crónica contemporánea de El País estimó que las aguas residuales de unas 230.000 personas llegaban sin depurar al estuario. Es una cifra periodística de aquel momento, no una medición actual ni una descripción uniforme de cada punto de vertido.

Un sistema, no una tubería

El Plan General de Abastecimiento y Saneamiento de Cantabria describe el saneamiento de la bahía en tres fases. En el ámbito de Santander, una red de colectores, aliviaderos, tanques de tormenta y bombeos conduce las aguas residuales hacia la Estación Depuradora de San Román. La planta y la red funcionan como un único sistema: una depuradora aislada no sirve si los vertidos no llegan hasta ella.

Las obras exigieron atravesar una geografía compleja y coordinar municipios alrededor del estuario. El Arco Sur amplió la recogida hacia núcleos de Marina de Cudeyo, Medio Cudeyo y Ribamontán al Mar, conectándolos con la depuración correspondiente. Un proyecto oficial posterior explica que la nueva red y la EDAR del Miera hicieron innecesarias pequeñas depuradoras locales como la de Somo, situada en dominio público marítimo-terrestre y destinada a desmantelamiento.

Fechas y escalas de una obra larga

Los primeros estudios serios citados por la prensa se remontaban a 1986. Las obras principales comenzaron once años después. Esa distancia ayuda a entender por qué el saneamiento debe contarse como proceso administrativo, financiero y territorial, no como una inauguración única.

El BOE documenta en noviembre de 2006 la adjudicación de las obras complementarias del Arco Sur por 21.665.838 euros, frente a un presupuesto base superior a 28 millones. El dato acredita ese contrato concreto; no representa el coste total de todas las fases del saneamiento de la bahía.

La financiación europea, estatal y autonómica permitió acometer una escala difícil para un solo ayuntamiento. También distribuyó responsabilidades entre administraciones. Para reconstruir el proyecto completo es necesario seguir expedientes distintos y evitar sumar importes que puedan solaparse.

Sanear no es restaurarlo todo

Retirar una gran carga de aguas residuales cambia la calidad ambiental y sanitaria, pero no devuelve por sí solo la superficie perdida por rellenos, no elimina toda contaminación difusa ni resuelve automáticamente los efectos portuarios, industriales o climáticos. La palabra «saneada» puede describir la existencia de un sistema de recogida y depuración; no debe convertirse en certificado de que el estuario carece de problemas.

La imagen CC0 que acompaña esta pieza muestra la bahía contemporánea. No prueba el resultado químico o biológico del saneamiento y no enseña la EDAR. Su función es situar el paisaje que depende de una obra mayoritariamente invisible. La evaluación de resultados necesita series de calidad del agua, indicadores ecológicos y fechas comparables.

El logro cívico está precisamente en haber cambiado el recorrido de lo que la ciudad desecha. Lo que antes terminaba directamente en el entorno costero entra ahora en una cadena técnica que debe operar, vigilarse y renovarse cada día.