Entre abril de 1931 y abril de 1939, Santander cambió de régimen, vivió reformas y conflictos, quedó en la zona republicana tras el golpe de 1936, sufrió guerra y escasez, fue ocupada por las tropas franquistas en agosto de 1937 y atravesó después prisión, depuración y adaptación cotidiana.
Esa secuencia no cabe en una fotografía de banderas. La ciudad también estuvo hecha de sesiones municipales, maestros, carteleras, colas, refugiados, familias que buscaban noticias y personas encerradas. Contarla así no rebaja la política: muestra dónde actuó sobre la vida.
Una República municipal
La proclamación de abril de 1931 abrió una nueva etapa en el Ayuntamiento y en la esfera pública. Las actas del Pleno y de la Comisión permiten seguir presupuestos, abastecimiento, obras, escuelas y conflictos con precisión diaria. Son mejores que una memoria retrospectiva para saber qué se acordó; no revelan por sí solas cómo recibió cada barrio esas decisiones.
El Ateneo, la prensa y la Universidad Internacional de Verano —creada en 1932— formaron parte de una vida cultural intensa. No fue una edad dorada sin tensión. Huelgas, desempleo, polarización política y desigualdad convivieron con proyectos educativos y nuevas expectativas.
Julio de 1936 cambió la escala
Tras el golpe militar, Santander permaneció más de un año bajo autoridad republicana. Llegaron refugiados, crecieron la movilización y las dificultades de suministro y la población afrontó bombardeos y miedo. Hubo violencia y represión en la retaguardia republicana. Documentarlas exige identificar responsables, víctimas, lugar y periodo, sin convertir una cifra provincial en una cifra de la ciudad.
La prensa de partido permite escuchar consignas, denuncias y silencios. Es fuente primaria de lo que un actor quiso comunicar, no certificación automática de cada hecho. Las actas administrativas también están condicionadas por guerra, burocracia y lenguaje institucional.
Niños evacuados en el Ala
En octubre de 1936, Daniel Clouzot, delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja, intervino en la búsqueda de un barco para evacuar niños desde Santander. El carguero noruego Ala trasladó a 474 hasta Le Verdon, en la Gironda francesa. Algunos recibieron atención médica y el grupo fue después conducido a Barcelona, donde llegó el 13 de octubre.
La cifra y el itinerario proceden de la reconstrucción institucional del CICR. Sus fotografías de archivo ayudan a documentar la operación, pero las fichas consultadas no ofrecen una licencia abierta de reutilización: se citan como fuente y no se reproducen. La evacuación permite hablar de infancia, asistencia y desplazamiento sin convertir a los niños en una imagen anónima de guerra.
Dos víctimas del 27 de diciembre de 1936
El bombardeo franquista del 27 de diciembre alcanzó zonas residenciales de Santander. Entre las personas muertas estaba María Ángeles Fernández Otí, de nueve años, identificada por el propio Ayuntamiento en una moción de memoria de las víctimas. Nombrarla devuelve escala humana a un ataque contra la ciudad y evita que el balance se reduzca a una cifra cuya delimitación varía entre estudios.
Ese mismo día, después del bombardeo, presos del buque-prisión Alfonso Pérez fueron asesinados en una represalia en la retaguardia republicana. Uno de ellos fue Francisco González de Córdova, religioso y profesor, cuya trayectoria, prisión y muerte están documentadas en una ficha del Centro de Información Documental de Archivos del Ministerio de Cultura.
Ambas muertes pertenecen a la misma jornada, pero no a la misma acción ni a los mismos responsables. La muerte de María Ángeles fue causada por el bombardeo franquista; la de Francisco, por la violencia extrajudicial desencadenada después contra los presos. Contarlas juntas no las equipara ni convierte una en justificación de la otra: permite establecer cronología, autoría y contexto sin borrar a las víctimas.
Agosto de 1937 no terminó la guerra
La entrada de las tropas franquistas en Santander en agosto de 1937 cambió el poder y abrió otra secuencia represiva. Prisión, consejos de guerra, depuración laboral e internamiento no deben mezclarse con la violencia anterior como si fueran un mismo episodio ni compararse sin método.
La palabra empleada importa. «Liberación» pertenece al lenguaje de los vencedores; «caída» puede ocultar quién actuó. Ocupación o entrada de tropas , acompañadas de fecha y actor, describen mejor el cambio militar sin fingir neutralidad moral.
Matilde Zapata, periodista ante un consejo de guerra
Matilde Zapata Borrego dirigió el diario La Región después del asesinato de su marido, el periodista Luciano Malumbres, en junio de 1936. Tras la ocupación franquista fue detenida cuando intentaba huir por mar, sometida a consejo de guerra y ejecutada el 28 de mayo de 1938.
El acta del Pleno municipal de 31 de marzo de 2016 identifica el expediente 2866/37 y documenta el consejo de guerra y la fecha de ejecución; la Fundación Pablo Iglesias permite contrastar su trayectoria periodística. Su historia concreta cómo la represión franquista alcanzó a una mujer con presencia pública y actividad política. No representa por sí sola a todas las personas represaliadas ni autoriza a trasladar a Santander capital cifras calculadas para el conjunto provincial.
La guerra siguió dentro de las casas
Entre 1937 y 1939 la ciudad volvió a abrir comercios, oficinas y aulas bajo una dictadura que depuraba y castigaba. Para algunas familias, la prioridad era conseguir alimento; para otras, conocer el paradero de un detenido, recuperar empleo o ocultar un vínculo político. El 1 de abril de 1939 cerró formalmente la guerra, no la represión ni las privaciones.
Las actas municipales, los expedientes nominales, la prensa y los archivos humanitarios responden a preguntas distintas. Leídos juntos permiten seguir decisiones, propaganda, desplazamientos y vidas concretas. Mantener separadas las violencias republicana y franquista, y distinguir siempre ciudad y provincia, no fragmenta la historia: impide que una cronología compleja se convierta en una falsa equidistancia o en un relato sin responsables.