El nombre Nueva Montaña puede leerse literalmente. A finales del siglo XIX, el relleno de una marisma al sur de Peñacastillo creó nuevo suelo y, sobre él, se levantó una siderurgia. La fábrica transformó el paisaje, los horarios, el empleo y la relación de esta parte de Santander con la bahía.
Pero no llegó a un territorio vacío. Peñacastillo tenía barrios, caminos, huertas, alfareros y formas de vida anteriores. La historia industrial consiste precisamente en observar cómo convivieron, se mezclaron o desaparecieron bajo el ritmo de hornos y turnos.
Fabricar suelo para fabricar hierro
Los rellenos comenzaron en 1898. En 1899 se constituyó la Sociedad Nueva Montaña del Hierro y del Acero. Las fuentes emplean fechas distintas para la inauguración y la puesta en marcha del primer alto horno —1899, 1900 o 1903— porque no siempre están fechando el mismo acto. Esta pieza conserva 1899 como nacimiento empresarial y evita fijar el encendido sin un documento primario concluyente.
El precedente industrial estaba en Los Corrales de Buelna, donde José María Quijano había instalado maquinaria para fabricar puntas en 1873. No debe confundirse aquella fábrica con la planta santanderina. La unión societaria entre ambas historias llegaría en 1948, con Nueva Montaña Quijano.
La fábrica fuera de la fábrica
La industria necesitaba más que hornos. Requirió ferrocarriles, cantera, suministro, vivienda y formación. Un decreto de 1962 sobre la ampliación de la cantera del Mazo muestra hasta dónde alcanzaba su huella territorial.
La empresa desarrolló viviendas, economato, escuela de aprendices, comedores, ocio y publicaciones. El boletín NUQUISA , editado entre 1956 y 1961, presentaba a la plantilla como una gran comunidad empresarial. Aquellas políticas ofrecían servicios reales, pero también construían dependencia, disciplina e identidad. Por eso se estudian como paternalismo industrial y no simplemente como beneficencia.
Alfareros que entraban a turno
El estudio del Centro de Estudios Montañeses sobre los alfares de Ojaiz conserva un detalle especialmente valioso: algunos alfareros alternaron la fabricación tradicional con el empleo en Nueva Montaña Quijano. La industrialización no sustituyó todos los oficios de un día para otro. Durante un tiempo, una misma persona podía pertenecer a dos economías y organizar su vida entre barro, horno artesanal y fábrica.
Ese cruce corrige dos simplificaciones. Peñacastillo no fue siempre industrial y tampoco dejó de ser inmediatamente rural. Su transformación estuvo hecha de trayectorias mixtas.
Reconversión y continuidad
En los años ochenta, la reconversión siderúrgica volvió a modificar empleo, expectativas y comunidad. La Ley 8/1985 documenta el apoyo financiero público a Nueva Montaña Quijano y Acerías de Santander. El texto legal prueba el marco económico, pero no sustituye las voces obreras ni describe por sí solo el impacto familiar de la crisis.
En 1987 la planta pasó al grupo CELSA y evolucionó hacia Global Steel Wire. La actividad industrial continúa formando parte del suroeste urbano, hoy mezclada con estaciones, polígonos, barrios residenciales y grandes superficies.
La panorámica actual de Peñacastillo muestra una periferia que ya no puede explicarse con una sola palabra. Es industrial, metropolitana, residencial y heredera de núcleos anteriores.
Nueva Montaña fue una montaña fabricada: suelo ganado al agua, mineral, escoria, edificios y relaciones laborales. Contar su historia desde Santander vivido significa mirar también a quienes entraban de turno, aprendían un oficio, compraban en el economato o seguían haciendo cerámica después de que el hierro hubiera cambiado el paisaje.