El 4 de junio de 1576, Antonio María llegó con una comitiva a una cueva de Peña Castillo. Avanzó unos cinco pasos, subió detrás de un resalte y desapareció. Quienes habían viajado con él esperaban encontrar un tesoro custodiado por una sierpe, un perro y un hombre armado. En vez de eso, seis hombres recorrieron cuatro espacios de la cavidad y solo hallaron paredes, tierra y un agujero que descendía hacia otra cueva. 1
La escena parece el final de una leyenda, pero procede de un expediente. Cartas, cédulas y una relación notarial conservadas en la British Library permiten seguir cómo la historia viajó desde una prisión de San Sebastián hasta la administración de Felipe II y regresó a Santander convertida en una búsqueda real. Lo que documentan no es la existencia del monstruo. Documentan algo quizá más extraño: el camino que recorrió una narración fantástica hasta poner en marcha a corregidores, un jesuita, un secretario real y una partida de exploradores.
Un tesoro anterior a la sierpe
El entorno de Santander ya estaba asociado a un tesoro antes de que apareciera Antonio María. Hacia 1471-1475, Lope García de Salazar incluyó en Las Bienandanzas e Fortunas una historia sobre Pico de Casio, antepasado de un linaje que vivía junto a la peña y el castillo. Según el relato, durante la conquista musulmana de la Península un obispo de Granada había enterrado oro y plata cerca de donde se encontraba Santander. Solo un hombre esclavizado conocía el escondite. 2
Generaciones después, Pico habría soñado repetidamente que debía acudir a la Puerta de Triana, en Sevilla. Allí encontró a un cautivo que conocía el secreto, compró su libertad y recibió las indicaciones. El tesoro apareció, siempre dentro del relato de García de Salazar, entre dos piedras próximas a Santander. 2
Ese pasaje no prueba que se desenterrara oro en Peñacastillo. Sí demuestra que un tesoro oculto cerca de Santander formaba parte de una narración escrita un siglo antes de la expedición de 1576. Tampoco permite situarlo junto a la peña ni asegurar que Pico de Casio y Antonio María buscaran en la misma cavidad. Entre ambas historias existe una continuidad temática; la continuidad topográfica sigue sin demostrarse.
El italiano que hizo llegar la cueva a Madrid
El personaje central firma como Antonio María y en ocasiones añade «romano». Así lo recoge Rosa López Torrijos al editar y estudiar la correspondencia del manuscrito Additional 28340 de la British Library. La forma «Marco Antonio María Romano», repetida en alguna bibliografía local posterior, no es la que domina en las firmas del expediente. 3
Cuando comienza la historia documental, Antonio María estaba preso en San Sebastián. Afirmaba conocer una cueva cercana a Santander donde había un tesoro antiguo. La entrada no conducía directamente a las riquezas: antes había que superar guardianes y encantamientos. El jesuita Juan Rebelo escuchó la historia y se convirtió en uno de sus principales transmisores. El corregidor Juan Francisco Tedaldi tomó declaraciones y escribió al secretario Mateo Vázquez. 3
Las primeras cartas localizadas son de marzo de 1576. Con ellas llegó también un dibujo titulado Retratto dela cueva . Durante mucho tiempo, su encuadernación hizo que se catalogara junto a una relación sobre Atapuerca. López Torrijos lo atribuye a Peña Castillo porque sus rótulos y figuras coinciden con las descripciones de la correspondencia santanderina. 4
La precisión importa. La identificación del plano es una reconstrucción académica bien argumentada; no un topónimo inequívoco escrito sobre el propio dibujo. Y el plano es testimonio de lo que se contó, no un levantamiento fiable del interior de la peña.
Dos cédulas y una promesa condicional
El 19 de abril de 1576, Mateo Vázquez firmó dos cédulas. Una prometía a Antonio María el cuatro por ciento de lo que se hallara, con un límite de 50.000 ducados. La otra reservaba otro cuatro por ciento para Juan Rebelo, una vez satisfecha la parte del italiano. Eran recompensas condicionadas a que el tesoro existiera y pudiera recuperarse. 5
La intervención administrativa suele resumirse diciendo que Felipe II envió una expedición a Peñacastillo. El expediente obliga a una fórmula más contenida. La corte recibió las noticias y expidió las cédulas, pero el corregidor Jorge Manrique escribió después que el viaje se había realizado por curiosidad de Tedaldi y no por orden del rey. 6
La diferencia no rebaja el interés del episodio. Lo hace más comprensible: una promesa sobre un hallazgo eventual, varias autoridades que se escriben y la iniciativa de Tedaldi terminaron produciendo el viaje. No hace falta atribuir al monarca una fe personal en la sierpe para explicar por qué la maquinaria administrativa dejó rastro.
Una cueva amueblada con libros
El dibujo y las cartas describían un mundo subterráneo mucho más elaborado que un escondite entre rocas. Había salas, riquezas, figuras inmóviles y guardianes. En el plano figuraba el rótulo «aquí se halló la sierpe». Antonio María habló también de un perro y de un paladín armado. Rebelo amplió algunos detalles: la sierpe tenía rasgos humanos, cabellera y ojos de fuego. 7
López Torrijos reconoce en ese repertorio materiales conocidos por los lectores del siglo XVI. El perro que custodia una entrada recuerda al Cerbero de Virgilio. El gigante, el guerrero encantado y los palacios subterráneos pertenecen al mismo horizonte que Amadís de Gaula y Orlando furioso . La investigadora también sitúa el tesoro en la cultura de los hallazgos atribuidos a moriscos y riquezas ocultas tras la conquista de Granada. 7
Eso no permite reconstruir la biblioteca de Antonio María ni saber quién añadió cada figura. Permite entender que la cueva fue narrada con un vocabulario compartido. La sierpe no apareció de la nada: entró en Peñacastillo desde un mundo de lecturas, temores, rumores sobre tesoros y relatos de encantamiento.
El 4 de junio, a cinco pasos de la entrada
La comitiva salió de San Sebastián el 24 de mayo. El 4 de junio avanzó desde Camargo hasta Peña Castillo. Pedro de Çavallos dejó una relación notarial de lo ocurrido. Cerca de la entrada, Antonio María se adelantó. Dio unos pasos, ascendió detrás de una elevación del terreno y ya no volvió a ser visto por el grupo. 1
La desaparición cambió el sentido de la jornada. Unos hombres buscaron al italiano por los alrededores. Otros seis entraron en la cueva. Recorrieron cuatro «aposentos» y no encontraron ni objetos preciosos ni guardianes. Solo paredes y tierra. Vieron además un agujero del ancho aproximado de un brazo que parecía comunicar con otra cavidad profunda, pero no continuaron por él. 1
No sabemos cómo escapó Antonio María, si conocía una salida o si aprovechó la forma del terreno. El documento registra el momento en que se pierde de vista; cualquier mecanismo posterior sería una conjetura. Tampoco sabemos con certeza qué parte de la descripción interior corresponde a observación y cuál a la manera de nombrar una cavidad en el siglo XVI.
El informe que deshizo el encantamiento
Dos días después, Jorge Manrique envió una valoración mucho menos maravillosa. Según su informe, muchas personas habían entrado ya en aquellas cavidades, que consideraba naturales y relacionadas con el agua del mar. No había noticia de tesoros. También se esforzó en aclarar que la salida no respondía a una orden del rey. 6
El 22 de junio, Tedaldi devolvió las cédulas. Añadió una acusación: había recibido noticias de que el italiano había protagonizado un engaño semejante en San Juan de Luz. La afirmación forma parte de su explicación del fracaso; esta investigación no ha localizado un documento francés independiente que la confirme. 8
Así termina el episodio en las fuentes consultadas. No con una sierpe vencida, sino con el guía fugado, la cueva registrada, las recompensas sin efecto y los papeles de vuelta. El expediente conserva el fracaso con casi la misma minuciosidad que había dedicado a la promesa.
La entrada que no podemos señalar
El paisaje actual no resuelve el último misterio. El catálogo arqueológico del Ayuntamiento de Santander registra el yacimiento del castillo en un terreno muy transformado. También recoge Nuestra Señora de Loreto, una pequeña cavidad de la ladera, como destruida. Ninguna ficha la identifica con la cueva de 1576. 9
Una ficha de Los Caminos de Faro conserva además el recuerdo vecinal de una «Cueva del Tesoro» destruida por la cantera. Es una pista sobre la memoria local del cerro, no una identificación arqueológica. Sin el testimonio original, una topografía compatible o un enlace documental, no puede convertirse en la entrada por la que pasó la expedición. 10
Por eso la fotografía de portada tiene un límite deliberado. Muestra Peñacastillo desde el norte en 2023. Permite reconocer la peña que aún organiza visualmente esta parte de la ciudad, pero no marca un acceso ni reconstruye el aspecto que tenía hace cuatro siglos.
Lo que sobrevivió bajo la leyenda
No podemos afirmar dónde estaba la cueva, qué fue de Antonio María o si el relato medieval de Pico de Casio alimentó directamente el de 1576. Sí podemos sostener que una expedición llegó a Peña Castillo, que hubo cédulas con recompensas condicionales, que el italiano desapareció junto a la entrada y que el registro posterior no encontró el tesoro anunciado.
También podemos ver cómo se fabricó la maravilla. Una vieja historia de riquezas enterradas, la memoria de la conquista de Granada, criaturas clásicas y héroes de caballerías quedaron reunidos bajo una peña conocida por cualquier santanderino. La sierpe no pertenece a la zoología de Santander. Pertenece a un expediente que muestra de qué estaban hechas algunas verdades posibles en 1576 y cómo, al contrastarlas con el terreno, empezaron a deshacerse.
Notas
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Rosa López Torrijos, «Visitas a las cuevas de Atapuerca y Santander en el siglo XVI», pp. 9-10; relación notarial de Pedro de Çavallos en British Library, Add MS 28340, fols. 44-48, según la edición citada. ↩ ↩2 ↩3
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Lope García de Salazar, Las Bienandanzas e Fortunas, libro XXI, «Título de los linajes d'Escalante e de la Calleja, que son en la villa de Santander». ↩ ↩2
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López Torrijos, pp. 5-7; cartas de marzo de 1576 en Add MS 28340, fols. 4-6, 13-14 y 21-22, según sus localizadores. Para la variante posterior, Benito Madariaga de la Campa, Hermilio Alcalde del Río, pp. 21-22 del PDF. ↩ ↩2
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López Torrijos, pp. 11-12 y 17; «Retratto dela cueva», Add MS 28340, fols. 17v-18, atribuido por la autora a Peña Castillo. ↩
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López Torrijos, p. 8; cédulas en Add MS 28340, fols. 42-43. ↩
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López Torrijos, p. 10; carta de Jorge Manrique de 6 de junio de 1576, Add MS 28340, fols. 68-72. ↩ ↩2
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López Torrijos, pp. 17-21; cartas y dibujo en Add MS 28340, fols. 13, 17v-18, 19v, 21-21v y 34-36, según la edición. ↩ ↩2
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López Torrijos, p. 10; carta de Tedaldi de 22 de junio de 1576. ↩
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Ayuntamiento de Santander, Catálogo de protección arqueológica, fichas «Castillo de Peñacastillo» y «Nuestra Señora de Loreto». ↩
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Los Caminos de Faro, «Yacimiento del Castillo de Peñacastillo». La ficha atribuye el recuerdo a vecinos y no demuestra su correspondencia con la cavidad del expediente. ↩