A media tarde del 3 de noviembre de 1893, buena parte de Santander miraba hacia un barco en llamas. En el muelle número 1 de Maliaño se amontonaban tripulantes, bomberos, prácticos, militares, autoridades, sanitarios y curiosos. Muchos sabían que el Cabo Machichaco transportaba explosivos. Nadie podía medir todavía lo que ocurriría cuando el fuego alcanzase la carga.
La catástrofe no se entiende como un instante aislado. Fue una cadena: una mercancía excepcionalmente peligrosa, un atraque en pleno frente urbano, un incendio difícil de alcanzar, decisiones tomadas bajo presión, una multitud concentrada junto al buque y unos raíles de hierro que la explosión convirtió en metralla.
Un cargamento que no debía estar allí
El vapor había llegado desde Bilbao después de pasar cuarentena en Pedrosa. Los documentos de la naviera conservados en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla registran alrededor de 1.700 cajas de dinamita. La reconstrucción publicada en la Revista General de Marina precisa 1.720 cajas: unos 51.400 kilos de peso bruto y aproximadamente 43 toneladas de explosivo neto.
No toda la carga tenía Santander como destino. La mayor parte debía continuar hacia Sevilla y Cartagena. Ese detalle no disminuía el peligro: el reglamento portuario de 1889 disponía que los explosivos se manipulasen en lugares apartados, como La Magdalena o determinados muelles exteriores. El barco, sin embargo, quedó atracado junto a la ciudad.
El incendio y los auxilios
Hacia las dos de la tarde se advirtió humo en una de las bodegas de proa. Se intentó bombear agua y descargar mercancías. Acudieron marineros de otros buques, personal portuario, bomberos y fuerzas de auxilio. Desde el trasatlántico Alfonso XIII llegó un grupo de unas cuarenta personas.
Varias reconstrucciones posteriores hablan de la posibilidad de remolcar el vapor lejos del muelle. Conviene expresarlo con cautela: muchas de las personas que participaron en aquellas decisiones murieron y los diálogos dramáticos repetidos después no siempre pueden verificarse.
Poco antes de las cinco, las bodegas de proa explotaron. La parte delantera del buque se desintegró. Hierros, raíles y restos de la carga salieron despedidos; los incendios alcanzaron las calles próximas al puerto y continuaron durante días.
Las cifras y las personas
Las cifras varían según qué momento y qué heridos posteriores se contabilicen. La primera explosión y sus secuelas causaron alrededor de 575 muertes . El balance conmemorativo más difundido alcanza 590 , porque incorpora las quince víctimas de una segunda explosión ocurrida meses después. Las estimaciones de heridos oscilan y algunas superan las dos mil personas.
La magnitud no debe borrar los nombres ni reducir el relato a las autoridades fallecidas. Murieron tripulantes del Machichaco , del Vizcaya y del Alfonso XIII ; bomberos, prácticos, guardias, carabineros, trabajadores del puerto, sanitarios y vecinos. La ciudad perdió en minutos a gran parte de quienes estaban coordinando la emergencia.
Tampoco es prudente convertir una reconstrucción histórica en un juicio retrospectivo contra una sola persona. La causa inicial del fuego no llegó a determinarse. La rotura de recipientes de ácido y otras explicaciones aparecen como hipótesis, no como hechos demostrados. La investigación sí permite documentar la infracción de las normas de atraque y la acumulación de decisiones que aumentaron la exposición al desastre.
La segunda explosión
Después del 3 de noviembre seguían en la parte de popa 463 cajas de dinamita. Los trabajos para recuperar la carga y desmontar los restos se prolongaron durante el invierno. La dinamita degradada liberó nitroglicerina, parte de ella congelada entre los materiales del pecio.
El 21 de marzo de 1894 una nueva explosión mató a quince personas e hirió a otras nueve. Solo entonces se aceleró una solución más radical. Días después se realizó una voladura controlada desde el cañonero Cóndor . La retirada de restos continuó durante años; todavía en 1947 un dragado hizo reaparecer parte del buque.
Recordar sin simplificar
La memoria del Machichaco quedó fijada muy pronto en grabados, periódicos, libros y monumentos. La relación publicada en 1894 —de la que procede la imagen principal de este artículo— convirtió la catástrofe en un relato visual cuando aún se retiraban sus consecuencias.
El monumento de Ciriego promovido por la Compañía Trasatlántica recuerda a sus trabajadores, pero no contiene los cuerpos de las 590 víctimas, como a veces se repite. El memorial urbano, las piezas conservadas por el puerto y la documentación archivística cumplen funciones distintas: duelo, explicación material y posibilidad de volver a las fuentes.
Recordar el Machichaco exige sostener a la vez dos escalas. Fue una catástrofe técnica y administrativa, útil para estudiar reglamentos, explosivos y organización portuaria. Pero también fue una suma de personas que acudieron a ayudar, trabajaban junto al muelle o se acercaron a mirar un incendio que parecía controlable. Esa proximidad entre la vida cotidiana y el desastre explica por qué el 3 de noviembre de 1893 quedó grabado en la memoria de Santander.