Antes de que un autobús pudiera acercar a cualquiera hasta la playa, llegar al Sardinero ya era parte de la experiencia. Había carruajes, raíles junto a la bahía, pequeñas máquinas de vapor y un personaje que avanzaba por delante del convoy agitando un banderín y haciendo sonar un cornetín.

Santander lo recuerda como El Cagueta , pero conviene hablar en plural. Hubo varios avisadores vinculados a distintas líneas. Pablo Lefebvre fue el más célebre de la memoria local, no necesariamente el único ni el último.

Cuando la playa quedaba lejos

En el segundo tercio del siglo XIX, el Sardinero todavía estaba separado del centro por caminos incómodos y un paisaje poco urbanizado. El crecimiento de los baños de ola convirtió aquella distancia en un problema cotidiano. Los hoteles y balnearios necesitaban viajeros; los santanderinos necesitaban una forma práctica de llegar.

La primera línea de la costa comenzó con tracción animal en 1875. En 1877 entró en servicio la tracción a vapor asociada a Santos Gandarillas. Aquel tren bordeaba la bahía por un recorrido que hoy reconocemos, en parte, en el eje de Reina Victoria. El apodo trenuco conserva la escala doméstica con la que la ciudad hizo suyo el nuevo transporte.

Un hombre delante de la máquina

La guía municipal resume la escena: un hombre caminaba por delante del tren, tocaba la bocina y agitaba un banderín. Otras reconstrucciones explican que llevaba gorra, chaqueta y un banderín rojo, y que su función era despejar calles y cruces cuando el convoy entraba en la trama urbana.

El apodo parece una broma a costa de quien daba la impresión de huir de la locomotora. La figura más recordada es Pablo Lefebvre. Sobre él se cuentan jornadas increíbles, aguardiente antes de entrar en el túnel y otros detalles biográficos. Son relatos deliciosos, pero no todos han podido volver a una página concreta de la prensa de época. Por eso esta entrega conserva el núcleo documentado y presenta el resto como memoria transmitida.

El rival que atravesó la colina

La familia Pombo promovió una ruta más directa hacia el Sardinero. Las obras del túnel de La Cañía, hoy conocido como túnel de Tetuán, comenzaron en 1890. Los frentes de perforación se encontraron en febrero de 1892 y, tras varios viajes de prueba, el servicio se abrió al público el 24 de junio de aquel año.

La fecha merece una nota. Una página turística municipal sitúa el rival de Pombo en 1896, pero las reconstrucciones ferroviarias y la historia institucional del túnel documentan pruebas y apertura en 1892. La diferencia no se oculta: se resuelve a favor de la cronología con mayor respaldo documental.

El nuevo trayecto cruzaba bajo el alto de Miranda entre Tetuán y La Cañía. Era más corto que el recorrido de la costa y sacrificaba parte de sus vistas. Ambos trenes competían por llevar a viajeros hasta el mismo destino.

Interior del antiguo túnel del tren de Pombo después de su reapertura
Interior del túnel de Tetuán después de su reapertura en 2022, fotografiado por Emilio Gómez Fernández. Emilio Gómez Fernández / Wikimedia CommonsCC BY-SA 4.0

De infraestructura olvidada a paseo

La electrificación de la red dejó al pequeño túnel en una situación difícil: sus dimensiones no facilitaban adaptar la línea. La concesión del tren de Pombo caducó en 1917. Después el pasadizo tuvo otros usos, entre ellos refugio durante la Guerra Civil y paso peatonal durante parte del siglo XX, antes de quedar cerrado y parcialmente oculto.

El 28 de mayo de 2022 volvió a abrir para peatones y ciclistas. Quien lo atraviesa hoy tarda apenas unos minutos, pero recorre una infraestructura nacida cuando conectar el centro con la playa exigía perforar una colina.

La historia del trenuco no es solamente una curiosidad ferroviaria ni una postal del veraneo aristocrático. Habla de cómo una ciudad reduce sus distancias. El Sardinero se volvió parte de la vida urbana porque hubo vías, trabajadores, revisores, maquinistas y avisadores que hicieron posible repetir el viaje hasta convertirlo en costumbre.