Jesse Stroud murió en Reinosa a los 44 años y fue enterrado en abril de 1864 en el cementerio protestante de Santander. Era inspector del ferrocarril de Isabel II. El estudio de Manuel López-Calderón Barreda lo identifica como el primer enterramiento del nuevo recinto. 1
Su nombre acerca el cementerio de Cazoña a una historia que cruza lugares y oficios. Un hombre relacionado con el tren, fallecido lejos de la capital, terminó sepultado en Santander. La conexión internacional de la ciudad también puede leerse en la necesidad de encontrar dónde enterrar a quienes habían llegado para trabajar.
Un lugar para dar sepultura
El expediente patrimonial de 2004 relaciona el origen del cementerio con la presencia de técnicos, ingenieros y comerciantes británicos. Describe una organización consular sostenida con aportaciones de consulados y de barcos extranjeros que hacían escala. El puerto aparece así como parte de la financiación de un espacio funerario. 2
El estudio del ferrocarril aporta un antecedente incómodo. En julio de 1852 hubo que enterrar a un trabajador británico en las inmediaciones de Cajo, antes de que existiera el futuro cementerio protestante. El autor lo vincula con la exclusión de esos enterramientos de los cementerios católicos. Es un caso documentado por esa investigación, no una descripción de lo que ocurrió con todas las personas extranjeras. 1
La diferencia religiosa tenía, por tanto, consecuencias materiales: organizar un recinto, reunir recursos y hacer posible la sepultura. Para reconstruir cada decisión hacen falta los acuerdos y los registros; las tumbas por sí solas no explican quién negoció ni cuánto costó.
Los primeros enterramientos precedieron al final de las obras
El anexo del BOC sitúa el primer enterramiento en 1864 y la terminación de las obras en 1870. Añade una fase en 1912 para muros, portada y reja. Son hitos distintos: el recinto ya se utilizaba antes de quedar completado en la forma que describe el expediente. 2
Esta secuencia ayuda a evitar una única fecha de «fundación» que confunda autorización, uso y construcción. También recuerda que un cementerio es una infraestructura que necesita obras y mantenimiento, además de un lugar asociado a la memoria.
El mismo documento registra 128 enterramientos entre 1864 y 1990. La cifra corresponde a la descripción administrativa publicada en 2004; no permite calcular cuántos extranjeros vivían en Santander ni cuántos pasaron por su puerto. 2
El nombre de los ingleses no contiene todas las vidas
El cuaderno Una isla en un barrio , fruto de la investigación artística de Itsaso Iribarren y Germán de la Riva, recoge junto a Stroud a Sven Svendsen, marinero noruego fallecido en Santander en 1871, con 27 años. Es información de ese cuaderno, cuyo listado remite a una investigación previa; no se presenta aquí como transcripción directa del registro original. 3
Un inspector ferroviario y un marinero muestran dos conexiones distintas con la ciudad. Sus oficios permiten preguntar por los vínculos laborales que los trajeron a este entorno y por las personas e instituciones que se hicieron cargo de sus enterramientos. La relación de sepulturas ofrece un punto de partida; las circunstancias de cada vida requieren otros documentos.
El nombre popular de «los ingleses» conserva una asociación reconocible, pero el caso noruego advierte de que no describe por completo a quienes figuran en la relación.
Investigar también forma parte de conservar
La obra de Matilde Camus sobre el cementerio, publicada en 1993, es una referencia de esta investigación posterior. 4 El propio recinto conserva memorias trasladadas: el expediente de 2004 describe un monumento a los militares británicos llevado allí desde el antiguo cementerio de San Fernando. 2
En 2019, la Fundación Santander Creativa presentó el proyecto de Iribarren y De la Riva, que utilizaba paseos e investigación artística para acercarse al recinto y a sus historias. Esa experiencia documenta una forma de relación cultural con el cementerio en aquel momento, sin acreditar sus condiciones actuales de visita. 5
El catálogo municipal recoge su protección como Bien Inventariado, con resolución de septiembre de 2004. Conviene conservar el nombre preciso de esa categoría. 6
El valor del lugar no queda agotado en una cifra ni en su protección administrativa. Los nombres conservados permiten seguir conexiones entre trabajo, mar, ferrocarril y pertenencia religiosa. Contar esas vidas exige avanzar desde cada registro hacia sus documentos, manteniendo visibles los huecos que todavía separan un nombre de una biografía.
Notas
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Manuel López-Calderón Barreda, El camino de hierro de Alar del Rey a Santander, 2015, p. 96. ↩ ↩2
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BOC de 25 de mayo de 2004, p. 5721, anexo del expediente de incoación. ↩ ↩2 ↩3 ↩4
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Itsaso Iribarren y Germán de la Riva, Una isla en un barrio, investigación de 2019, edición impresa en 2020, apartado «Las personas», entradas 1 y 14. Consulta parcial mediante extracción indexada; falta cotejo del registro. ↩
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Bibliografía de Matilde Camus, entrada de 1993. Identificación bibliográfica; no lectura directa del libro. ↩
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Fundación Santander Creativa, presentación de Una isla en un barrio. ↩
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Ayuntamiento de Santander, Catálogo de elementos protegidos, p. 14, EL-5. ↩