Los domingos por la mañana, la plaza de Pombo cambia de escala. Sobre bancos y pequeños corros aparecen cromos recientes, álbumes incompletos y piezas antiguas que alguien lleva tiempo buscando. No sabemos cuándo comenzó exactamente esta costumbre. Sí sabemos, porque la mantienen las guías municipales y la experiencia contemporánea de la plaza, que forma parte de su ritmo actual.
Ese intercambio no es una rareza aislada. Pombo lleva más de un siglo funcionando como una sala de estar urbana : un lugar donde Santander pasea, conversa, negocia, escucha música y deja jugar a los niños.
Una plaza construida para reunirse
El estudio publicado por el Centro de Estudios Montañeses documenta que en 1867 Juan Pombo, José Antonio Redonet y Rafael Varona cedieron terrenos para ampliar el espacio y formar un paseo. La plaza no nació terminada; fue tomando forma mediante alineaciones, árboles, edificios y usos sociales.
En 1886 se levantó un templete para conciertos. Una descripción de Alberto Gayé de 1903 permite imaginar las veladas estivales: cuatro hileras de plátanos, paseos de sombra, música y corrillos. La plaza reunía a la buena sociedad, pero también a quienes caminaban o bailaban en sus laterales. Por la mañana, algunos negociantes comentaban valores y cerraban operaciones.
Negocios y juegos en el mismo suelo
En 1917, José Estrañi publicó una estampa satírica que mezclaba a indianos hablando de Bolsa con cuadrillas de chiquillos jugando al fútbol y a los novillos. No era un inventario científico de la plaza, sino una observación periodística cargada de humor. Su valor está en mostrar que el juego infantil ya compartía espacio con los rituales adultos.
Esa convivencia explica mejor la plaza que cualquier definición monumental. Pombo ha sido escenario de conversaciones económicas, música, paseo, juegos y descanso. Los usos no se sustituyen por completo: se acumulan y dejan memoria.
Los cromos del domingo
Las fuentes municipales actuales describen el intercambio dominical de cromos, desde colecciones recientes hasta reliquias de álbumes antiguos. No permiten afirmar que sea una tradición centenaria ni fechar su nacimiento. La continuidad que sí puede defenderse es más sencilla: generaciones distintas han usado Pombo para encontrarse y jugar.
El tiovivo que aparece en la imagen de portada pertenece a ese presente familiar. No es el templete de 1886 ni ha estado siempre en la plaza. Es otra ocupación temporal de un espacio que admite rituales repetidos sin quedar congelado en una sola época.
La casa de Pombo
En uno de los frentes se conserva la antigua casa-palacio de Juan Pombo, hoy sede del Real Club de Regatas. El edificio recuerda el origen burgués del espacio, pero la historia cotidiana de la plaza no pertenece únicamente a sus promotores ni a sus fachadas.
El nombre también cambió con la política y la memoria urbana. Fue plaza de la Libertad, llevó durante parte del siglo XX el nombre de José Antonio y recuperó oficialmente la denominación de Pombo en 2001. Bajo esos nombres distintos siguieron ocurriendo acciones pequeñas: esperar a alguien, cobijarse bajo los soportales, escuchar música o comprobar qué número falta en un álbum.
Lo entrañable de Pombo no necesita inventar una tradición ininterrumpida. Está en algo mejor documentado: la capacidad de una plaza para seguir siendo útil a la vida común mientras cambian la ciudad y quienes la habitan.